Rhysis — Ontología del Proceso
Una lectura ontológica desde las tradiciones del proceso,
la cosmología, la biología y la psiquiatría
Diego F. Pereira-Perdomo · 2026
La pregunta por el sentido del ser es para Heidegger la pregunta que la metafísica occidental postergó durante siglos.1 Detrás de cada objeto que señalamos, de cada entidad que nombramos, hay una decisión ontológica implícita: la decisión de tratar lo que percibimos como una cosa con propiedades, como una sustancia que persiste a través del tiempo y que puede ser identificada, delimitada y estudiada en sí misma. Esa decisión estructura el pensamiento occidental de manera tan ubicua que rara vez se reconoce como tal. La biología del desarrollo, la física cuántica de campo, la fisiología, la psiquiatría y las tradiciones de pensamiento más antiguas que conservamos apuntan — cada una desde su propio instrumento epistémico — hacia una conclusión diferente: lo que hay en todos los niveles de organización que conocemos es proceso antes que sustancia, devenir antes que ser, y lo que llamamos cosas son estabilizaciones transitorias de ese devenir que el devenir mismo produce y disuelve sin cesar.
I — Las tradiciones del proceso
Mucho antes de que existiera la escritura, las tradiciones orales de culturas sin contacto posible entre sí construyeron maneras de nombrar lo que percibían como primario. La antigüedad real de esas voces es irrecuperable — los textos que las conservan llegaron siglos o milenios después de que las comunidades que las gestaron comenzaran a transmitirlas — y esa distancia entre la voz oral y el registro escrito no es una limitación: es la señal de que lo que esas tradiciones intentaban decir resistía la fijación, que lo primario se escapa de todo intento de convertirlo en objeto estable. Culturas tan distintas entre sí convergieron en la misma estructura de pensamiento: lo primario es proceso, y toda forma es su resultado transitorio.
Los Upanishads — cuya transmisión oral precede con mucho a su registro escrito entre los siglos VIII y VI antes de nuestra era — construyeron una descripción del Brahman que la filosofía occidental tardó siglos en aproximar. El Brahman es el fondo continuo del que toda forma emerge y al que toda forma regresa — el proceso que subyace a toda distinción, anterior a la separación entre el que percibe y lo percibido, entre lo que existe y lo que hace posible la existencia. Todo lo que tiene forma es transitorio respecto a él, y la permanencia que el observador atribuye a los objetos es una construcción de la percepción antes que una propiedad de lo real. La ecuación central de los Upanishads — Tat tvam asi, eso eres tú — empuja la ontología hasta el punto donde se vuelve práctica: el proceso individual que cada ser vivo es, el Atman, es idéntico al Brahman, el proceso cósmico. El devenir de cada organismo singular es el mismo proceso visto desde una escala particular, desde una estabilización local que el proceso cósmico produjo y que el proceso cósmico eventualmente disolverá. El pensamiento budista, surgido en el mismo suelo cultural dos o tres siglos después, tomó esa estructura y la convirtió en instrumento de observación directa. El Anicca — la impermanencia — es lo que la práctica meditativa entrena al observador a ver cuando sostiene la atención sobre su propia experiencia el tiempo necesario. Lo que parecen objetos estables — sensaciones, pensamientos, emociones, el sentido del yo — se revela como corrientes de eventos que la percepción congela artificialmente para poder nombrarlos. El sufrimiento emerge del intento de detener esas corrientes, de convertir en sustancia lo que es proceso, de aferrar lo que por su naturaleza no puede ser aferrado. La liberación que el budismo propone es la capacidad de habitar el proceso sin intentar detenerlo; la soltura ante su carácter irreversiblemente transitorio.23
En la tradición hebrea cuya antigüedad escrita se sitúa entre los siglos IX y VI antes de nuestra era, el libro del Éxodo conserva un momento de singular densidad ontológica. Cuando Moisés pregunta el nombre de lo que se le revela en la zarza ardiente, la respuesta es Ehyeh Asher Ehyeh — devengo el que devengo, el siendo que precede a toda denominación. Lo que se revela es una forma verbal, un proceso sin sustrato, una identidad que existe únicamente en el acto de acontecer. En el contexto de una tradición que construyó toda su teología sobre la distinción tajante entre el Creador y la creación, entre lo eterno y lo temporal, esa respuesta tiene un peso que desborda su formulación teológica: lo primario se nombra como verbo, como acontecimiento antes que como entidad. La zarza arde y no se consume — imagen del proceso que persiste sin agotarse, idéntico a su propio arder. Lo que existe antes de toda forma solo puede ser señalado como el acto de existir en curso.4
El Tao Te Ching, atribuido a Laozi y datado en su forma escrita alrededor del siglo VI antes de nuestra era, abre con la siguiente tesis ontológica: el Tao que puede nombrarse no es el Tao eterno. Nombrarlo es convertirlo en objeto, y lo que el Tao designa es el proceso que antecede a toda distinción entre el que nombra y lo nombrado. El Tao produce las diez mil cosas sin ser él mismo una forma entre ellas. Es el proceso del que toda forma es una interrupción transitoria, y esa asimetría es irreducible: las formas son del Tao, el Tao es anterior a toda forma. El Tao Te Ching despliega esa intuición con una paradoja que recorre todo el texto: el vacío es lo que da utilidad al cuenco, la ausencia de radios es lo que hace funcionar la rueda, el espacio vacío es lo que hace habitable la habitación. El wu — la ausencia de forma — es la condición de posibilidad de toda forma, el proceso que hace que las formas puedan ocurrir. Lo que el Tao Te Ching nombra como Tao y la física cuántica de campo nombra como vacío cuántico son descripciones del mismo proceso desde instrumentos irreductiblemente distintos.5
Heráclito de Éfeso — quien vivió en torno al año 500 antes de nuestra era — formuló en la tradición filosófica griega la misma estructura que sus contemporáneos encontraron difícil de asimilar. Su concepto central es el logos: la razón inmanente del proceso cósmico, el devenir en tanto tiene estructura. El logos es el proceso mismo en tanto inteligible — y esa identidad entre proceso e inteligibilidad es su afirmación central, porque implica que lo que existe antes de toda forma no es caos sino orden en movimiento. Su imagen más célebre — en los mismos ríos entramos y no entramos — es una afirmación ontológica: lo que llamamos río es un proceso, y lo que parece persistir — el nombre, la forma, el cauce — es la estabilización que el proceso produce. Su figura del fuego va más lejos: el fuego existe únicamente en tanto arde, es idéntico a su propio cambio, se apaga en el instante en que deja de consumir. El fuego es el cambio mismo tomando forma transitoria. Cinco o seis siglos después, el prólogo del Evangelio de Juan recogió el concepto de logos de la tradición filosófica griega y lo llevó hacia una dimensión teológica: En el principio era el Logos, y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios.6 Que el pensamiento cristiano primitivo haya elegido el logos heracliteo — el proceso como principio — para nombrar lo primario es otra convergencia en la misma dirección: lo que existe antes de toda forma es proceso, anterior a toda distinción entre lo que existe y lo que hace posible la existencia.7
Lo que estas tradiciones comparten, a través de instrumentos tan distintos como la especulación filosófica, la práctica contemplativa y la revelación religiosa, es una estructura ontológica común: el devenir precede al ser, la forma emerge del proceso, y lo que llamamos identidad es la coherencia que el proceso produce a través del tiempo, siempre transitoria. Que culturas sin contacto posible en condiciones históricas entre sí incomparables hayan llegado independientemente a esa misma estructura sugiere que lo que nombraron no era una construcción cultural sino una descripción de algo que la experiencia humana llevada hasta cierta profundidad reconoce como real.
II — La física cuántica y el espacio-tiempo emergente
La ciencia moderna llegó a esa misma estructura por un camino inesperado, y lo hizo disolviendo una por una las intuiciones que la corriente principal del pensamiento consideraba inamovibles. La física clásica había construido un universo de objetos con propiedades definidas: la partícula tiene posición, tiene velocidad, tiene masa, es en el sentido que la física clásica daba a ese verbo. Ese universo era el universo del ser — entidades con atributos que interactúan según leyes deterministas, donde el estado presente contiene sin residuo el estado futuro para quien conozca las condiciones iniciales con suficiente exactitud. La mecánica cuántica disolvió ese cuadro. La consecuencia tardó décadas en asimilarse del todo: en la interpretación de Copenhague — la más influyente de la mecánica cuántica — el estado definido de una partícula no existe antes de la medición. La medición no revela un estado preexistente sino que lo produce, y lo que hay antes de cualquier medición es una distribución de probabilidades que no expresa ignorancia del observador sino la descripción completa de lo real.89 Esa afirmación es ontológica antes que epistemológica: dice que no hay estado previo que conocer, que la determinación emerge del proceso de interacción y precede a toda observación.
La física cuántica de campo fue más lejos aún. El vacío cuántico — el estado de menor energía de un campo — no es la nada, no es la ausencia de proceso: es un sustrato de fluctuaciones irreducibles donde potencialidades se actualizan y se disuelven sin descanso, sin que ninguna de ellas sea el estado fundamental del campo. Lo que llamamos partículas son excitaciones locales y transitorias de ese campo — estabilizaciones que emergen de fluctuaciones y que se disuelven de nuevo en el proceso del que emergieron. La materia no es el punto de partida del universo físico: es una de sus estabilizaciones, la que el proceso produjo bajo ciertas condiciones y que persiste mientras esas condiciones se mantienen. El universo observable comenzó de una transición de fase en ese campo, de una ruptura de simetría que introdujo una diferencia mínima — una parte en mil millones de ventaja de la materia sobre la antimateria. Un universo perfectamente simétrico se habría neutralizado a sí mismo en el instante de comenzar: materia y antimateria se habrían aniquilado mutuamente sin dejar residuo. La asimetría mínima fue la condición de que algo persistiera, de que el devenir pudiera continuar produciendo diferencias. La imperfección no fue un defecto de la transición de fase: fue su apertura hacia la complejidad.
De esa apertura surgió todo lo que existe, pero no de manera instantánea ni lineal. Los primeros núcleos atómicos — hidrógeno, helio, trazas de litio — se formaron en los primeros minutos del universo, cuando la temperatura era suficientemente alta para que los protones y neutrones se fusionaran. El resto de los elementos tuvo que esperar el interior de las estrellas. Una estrella es un equilibrio dinámico entre la gravedad que colapsa hacia el centro y la presión de radiación que empuja hacia afuera, sostenido durante millones de años a costo de un trabajo continuo de fusión nuclear en el núcleo. En ese proceso, átomos simples se fusionan en átomos más complejos — carbono, nitrógeno, oxígeno, fósforo, hierro — liberando la energía que sostiene el equilibrio. Cuando la estrella agota ese combustible, el equilibrio cede: la gravedad colapsa el núcleo en una fracción de segundo y la energía liberada dispersa las capas externas en el espacio interestelar en una explosión que por días puede superar en luminosidad a toda la galaxia que la contiene. Esos átomos viajan. Se acumulan en nubes de gas. Las nubes se contraen bajo su propia gravedad y forman nuevas estrellas, con sistemas planetarios, con condiciones que en al menos un caso — y presumiblemente en muchos más — permitieron que la química se organizara de maneras que el universo no había producido antes. El carbono de cada célula viva fue forjado en el núcleo de una estrella que ya no existe, y la historia de ese proceso está inscrita en la estructura del átomo antes de que ningún organismo lo incorporara. Lo que llamamos materia no es el punto de partida del universo: es el sedimento de su historia, la estabilización que el devenir produjo después de miles de millones de años de trabajo.
La física teórica contemporánea lleva ese argumento más lejos aún. Durante siglos el espacio-tiempo fue el escenario dado — el fondo neutro e inmutable sobre el que los procesos ocurren, anterior a toda física y exterior a toda dinámica. La relatividad general de Einstein10 modificó esa imagen al mostrar que la geometría del espacio-tiempo no es fija sino que se curva en presencia de masa y energía, que el escenario mismo responde a lo que contiene. Pero incluso en ese marco el espacio-tiempo seguía siendo el sustrato: deformable, sí, pero previo a los procesos que lo deforman. La física teórica de las últimas décadas sugiere que el espacio-tiempo no es el sustrato del que emerge la física sino el resultado de procesos más elementales que no requieren espacio ni tiempo para existir.
Mark Van Raamsdonk11 argumentó en 2010 — a partir del marco de la correspondencia AdS/CFT que Juan Maldacena12 había establecido una década antes — que la conectividad geométrica del espacio-tiempo es una consecuencia del entrelazamiento cuántico entre los grados de libertad que lo componen. Cuando el entrelazamiento entre dos regiones se elimina, el espacio-tiempo que las conecta se desconecta: la geometría no precede a las relaciones cuánticas sino que emerge de ellas. La correspondencia AdS/CFT — la equivalencia matemática entre una teoría gravitacional en un volumen y una teoría cuántica sin gravedad en su frontera — implica que toda la riqueza de la geometría del espacio-tiempo, incluida la gravedad, es una propiedad emergente de algo que no tiene ni espacio ni tiempo en su descripción fundamental. Carlo Rovelli,13 desde el programa de gravedad cuántica de lazos, llegó a la misma conclusión por un camino diferente: el espacio-tiempo no es continuo sino que está tejido de relaciones entre eventos cuánticos discretos, sin que haya un fondo preexistente sobre el que esos eventos ocurran. No hay espacio vacío esperando ser ocupado: hay relaciones entre procesos, y el espacio es la geometría que esas relaciones producen. Lee Smolin14 extendió ese argumento hacia una consecuencia más amplia: las propiedades de los objetos no son intrínsecas sino relacionales, emergen de las interacciones y no preexisten a ellas — no hay propiedades sin proceso, no hay geometría sin relación. Estos resultados son formalmente válidos en el contexto de espacios anti-de Sitter; su aplicación al universo observable — cuya constante cosmológica es positiva — permanece sin demostrar.
Estas propuestas son especulativas en el sentido técnico: cuentan con soporte matemático robusto pero carecen todavía de confirmación experimental directa. Lo que ofrecen no es un hecho establecido sino la dirección hacia la que apunta la física teórica contemporánea, y esa dirección exige nombrar algo: no solo la materia es estabilización transitoria del devenir, sino que el propio espacio en el que esa materia se mueve es una estabilización emergente. El devenir no ocurre en el espacio-tiempo — el espacio-tiempo ocurre en el devenir. La ontología del proceso no es una afirmación sobre lo que pasa dentro del universo: es una afirmación sobre lo que el universo es antes de que haya un 'dentro'.
III — La evolución biológica
La evolución biológica es el proceso mediante el cual los linajes se transforman a través del tiempo, y su comprensión ha sido desde Darwin una fuente fértil de ontología del proceso, aunque la filosofía tardó en reconocerlo. Lo que Darwin15 descubrió no fue únicamente un mecanismo de cambio biológico: fue la demostración de que las formas naturales no tienen esencia fija1617, que lo que llamamos especie es un corte arbitrario en un continuo de variación, que la naturaleza no trabaja hacia tipos ideales sino que produce diferencias y retiene diferencialmente las que se acoplan mejor con las condiciones del entorno en ese momento. La selección natural opera sin dirección, sin plan, sin destino previsto: es un proceso de retención diferencial que opera sobre variaciones que el azar y la historia genética producen, y cuyo resultado en cada momento no es un diseño optimizado sino la estabilización transitoria que fue viable en las condiciones que enfrentaba. Cada especie es una estabilización del devenir evolutivo — reconocible, coherente, con una historia que la produjo — y al mismo tiempo un proceso en curso cuya transformación futura no está determinada por ninguna esencia que deba realizarse.
Stephen Jay Gould y Niles Eldredge18 propusieron en 1972 el modelo de los equilibrios puntuados para describir un patrón que el registro fósil mostraba con insistencia y que el gradualismo darwiniano clásico tenía dificultad en explicar: los linajes permanecen morfológicamente estables durante períodos prolongados y luego experimentan transformaciones relativamente rápidas, después de las cuales el nuevo estado se estabiliza de nuevo. Esa estructura no es un defecto del proceso evolutivo sino su geometría natural, y conecta directamente con el paisaje epigenético de Waddington19: hay valles estables desde los que el proceso no se mueve fácilmente, y hay umbrales que cuando se cruzan — bajo presión acumulada o cuando las condiciones cambian lo bastante — producen reorganizaciones rápidas hacia nuevos valles. La evolución no avanza de manera continua y uniforme: avanza como cualquier proceso dinámico con geometría propia, con períodos de estabilización y momentos de transición en los que el sistema reorganiza su trayectoria. Gould y Richard Lewontin20 añadieron otra dimensión crítica con su análisis de los spandrels — las estructuras arquitectónicas que emergen como consecuencia inevitable de otras decisiones de diseño y que adquieren usos secundarios sin haber sido producidas para esos usos. La evolución no optimiza soluciones hacia funciones predeterminadas: produce estructuras por razones históricas y de restricción del desarrollo, y esas estructuras luego se integran en la economía del organismo de maneras que ningún proceso de diseño habría anticipado. La forma es siempre el resultado de una historia, y esa historia pesa sobre todas las posibilidades de forma que desde ahí se abren.
Stuart Kauffman21 abrió la pregunta que Darwin había dejado abierta: de dónde viene la variación sobre la que la selección opera. La respuesta de Kauffman es que la autoorganización — la tendencia de sistemas que alcanzan cierto umbral de complejidad a producir espontáneamente orden sin que ese orden esté codificado en ningún componente del sistema — es una fuente de estructura biológica tan importante como la selección natural. Las redes de regulación génica tienen propiedades dinámicas que producen patrones de activación robustos y reproducibles con independencia de los detalles de su composición: ciertos modos de organización son inevitables cuando la complejidad alcanza cierto umbral, y la evolución no los inventó sino que los encontró en el espacio de posibilidades que la química y la física de las redes complejas hacen accesibles. Para Kauffman la vida no es el resultado improbable de una cadena de accidentes afortunados: es el resultado probable de procesos de autoorganización que el universo produce cuando las condiciones lo permiten, y la evolución es el proceso mediante el cual esos resultados se diversifican, se especializan y se acoplan a las condiciones cambiantes del entorno.
Eva Jablonka y Marion Lamb22 abrieron una dimensión adicional que transforma la comprensión de qué significa heredar. La herencia biológica no se reduce a la transmisión de secuencias de DNA: incluye la transmisión de patrones epigenéticos — modificaciones en la expresión génica que no alteran la secuencia del DNA pero que se transmiten a las células hijas y en algunos casos a la descendencia — así como herencia conductual y simbólica en los organismos que aprenden y comunican. Lo que el organismo deviene durante su vida modifica lo que transmite, de maneras que el neodarwinismo clásico no podía incorporar. La herencia se convierte así en el proceso mediante el cual cada generación transmite a la siguiente el estado actual de un devenir que incluye lo que el proceso ha acumulado en su propia historia. La evolución es desde esa perspectiva un proceso con memoria que se acumula en más de un nivel simultáneamente, y cuya dirección en cada momento depende de esa memoria acumulada tanto como de las condiciones presentes.
Lo que estos autores describen desde ángulos complementarios es la evolución como proceso antes que como mecanismo, como historia antes que como algoritmo, como devenir de los linajes antes que como transformación de tipos fijos. Las especies no son las unidades de la evolución: son sus estabilizaciones transitorias, los valles que el proceso ocupa mientras las condiciones lo permiten y que abandona cuando las condiciones cambian o cuando la acumulación de variación supera el umbral de estabilidad del valle. La vida en su conjunto es un proceso de exploración continua de un espacio de formas posibles cuya geometría tiene estructura propia — ciertas formas son más accesibles que otras, ciertos cambios más probables que otros — y cuya historia no puede borrarse porque cada estabilización actual es el punto de partida de las estabilizaciones que vienen.
IV — La biología del desarrollo
Que el universo físico sea proceso antes que sustancia es una consecuencia de la física. Que lo vivo sea proceso antes que sustancia requirió un paso adicional que la biología tardó en dar, atrapada durante décadas en una metáfora que no era neutra: la metáfora del programa. El DNA como programa que especifica al organismo, el genoma como plano que contiene la información necesaria para construir la forma final — esa metáfora hacía inteligible la herencia pero tenía un costo ontológico enorme, pues implicaba que la forma preexiste al proceso en algún sentido, que el organismo adulto está contenido en el zigoto como instrucción codificada lista para ejecutarse. Alan Turing23 publicó en 1952 un análisis matemático que socavaba esa metáfora desde sus fundamentos. Turing se preguntó cómo un sistema inicialmente homogéneo — una masa de células sin diferencias perceptibles entre sí — produce patrones espaciales estables y reproducibles sin que esos patrones estén codificados en ningún componente del sistema. La respuesta fue que dos sustancias que se difunden a velocidades distintas y reaccionan entre sí según reglas locales simples son suficientes para romper la homogeneidad espontáneamente y generar estructuras periódicas: franjas, manchas, gradientes, geometrías complejas que emergen de la dinámica de interacción y de ninguna instrucción previa. El mecanismo requiere únicamente que las condiciones de reacción y difusión crucen ciertos umbrales, y la ruptura de simetría hace el resto. Alfred Gierer y Hans Meinhardt24 formalizaron ese mecanismo en 1972 con el rigor necesario para derivar predicciones experimentales: activación local, inhibición de largo alcance, dos procesos acoplados cuya relación de velocidades y alcances determina qué geometría emerge del desequilibrio inicial. El mismo par de ecuaciones describe la pigmentación de la piel del pez globo, la distribución de los folículos pilosos, la ramificación de los ductos mamarios durante el desarrollo, la formación de los dedos en la extremidad vertebrada — estructuras que comparten un mecanismo dinámico cuyas consecuencias geométricas son independientes del material que lo implementa. La forma está en la dinámica, y la dinámica es proceso antes que estructura.
D'Arcy Thompson había llegado a la misma conclusión medio siglo antes desde la física y la geometría. En On Growth and Form (1917)25 argumentó que las formas de los organismos son el resultado de fuerzas físicas que actúan sobre materiales con propiedades mecánicas determinadas: la forma de la medusa es la forma de equilibrio de una membrana elástica bajo las fuerzas que actúan sobre ella en el agua, el caparazón del nautilus crece según una espiral logarítmica porque es la única geometría que permite el crecimiento sin cambio de forma, los huesos trabeculares se organizan siguiendo las líneas de tensión y compresión que actúan sobre ellos durante la vida del organismo. La biología buscaba causas en la historia evolutiva y en la herencia cuando debía buscar también causas en el proceso que actúa sobre ese material, en esas condiciones físicas — no como alternativa a la evolución sino como la dimensión del proceso que la evolución modifica iterativamente sin fijar del todo. Conrad Waddington19 lo articuló con rigor formal: el paisaje epigenético, la imagen de una superficie con valles y bifurcaciones por la que el desarrollo navega, es el modelo de cómo un proceso con geometría propia canaliza las trayectorias posibles sin agotar ninguna de ellas. La creoda — el camino preferido, el valle más profundo — es la trayectoria que el proceso toma cuando las condiciones son las habituales, desde la que puede desviarse cuando la perturbación supera el umbral, para regresar al mismo valle o encontrar otro. El genoma modula los parámetros del proceso dinámico que produce la forma — hace algunos valles más profundos, otros más accesibles, inclina el paisaje en ciertas direcciones — y las condiciones del desarrollo determinan qué trayectoria recorre el proceso en ese paisaje.
Scott Gilbert, desde la biología del desarrollo evolutiva — el campo conocido como evo-devo — mostró que los genes que controlan el desarrollo se conservan con notable fidelidad a través de linajes que divergieron hace cientos de millones de años: el mismo gen Pax6 controla la formación del ojo en la mosca y en el vertebrado2627, aunque los ojos de ambos son estructuras anatómicamente irreducibles entre sí. Lo que la evolución modificó no fue el gen sino cuándo y dónde se expresa, en qué contexto celular actúa, con qué otros procesos interactúa. La forma es el resultado de la regulación del proceso de desarrollo, y la evolución opera principalmente sobre esa regulación — sobre el cuándo y el dónde — más que sobre los componentes mismos. Mary Jane West-Eberhard28 lo formuló con el concepto de plasticidad fenotípica: el mismo genotipo produce fenotipos profundamente distintos según las condiciones del desarrollo, lo que invierte la dirección causal habitual. La forma no está determinada por el gen — el proceso de desarrollo produce la forma a partir de lo que el gen hace posible, y esa producción depende de condiciones que el gen no controla. La forma es siempre el resultado de la interacción entre el repertorio disponible y las condiciones que determinan qué parte de ese repertorio se despliega, y ambos son proceso antes que estructura. Lo vivo, desde esta lectura, es el proceso que se mantiene a sí mismo produciendo las condiciones de su propia continuación — una estabilización activa del devenir que requiere trabajo continuo y que se transforma cuando las condiciones lo exigen.
V — Fisiología del organismo
El organismo adulto que emerge del desarrollo es la continuación del mismo proceso en una de sus fases, sostenida a costo energético constante. Un error habitual al describir ese proceso es llamarlo equilibrio. Walter Cannon29 introdujo el término homeostasis en los años treinta para nombrar la capacidad del organismo de mantener sus variables internas dentro de rangos compatibles con la vida. La palabra equilibrio se adhirió a esa descripción como si lo que el organismo alcanzara fuera un estado de reposo. Lo que el organismo alcanza es por el contrario un desequilibrio sostenido: la diferencia de potencial eléctrico a través de cada membrana celular, el gradiente de concentración de iones que hace posible que los nervios conduzcan señales, la temperatura interna mantenida varios grados por encima del entorno, la presión arterial que empuja la sangre contra la resistencia vascular — todo eso son asimetrías que el proceso mantiene activamente contra la tendencia al equilibrio que el segundo principio de la termodinámica describe. En el instante en que ese trabajo cesa, el organismo comienza a igualarse con su entorno, y esa igualación es la muerte. La vida es el proceso que mantiene la diferencia.
Ese mantenimiento tiene un costo que varía con las demandas del entorno y que se acumula en la estructura del organismo a lo largo del tiempo. La fisiología contemporánea llama carga alostática a esa acumulación — término que Bruce McEwen30 formalizó junto a Peter Sterling y Eliot Eyer —: la historia sedimentada de lo que el organismo ha tenido que hacer para seguir siendo viable, inscrita en los umbrales de activación del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal, en la densidad de los receptores de glucocorticoides en el hipocampo, en la reactividad del sistema nervioso autónomo, en la organización de los circuitos neurales que procesan la amenaza y la recompensa. El organismo recuerda con su fisiología lo que ningún recuerdo declarativo puede narrar: la exposición temprana a condiciones adversas reorganiza de manera duradera los sistemas que regulan la respuesta al estrés, la violencia crónica modifica la arquitectura de los circuitos del miedo, el abandono en los primeros años altera los sistemas de apego, con efectos que persisten décadas después como patrones de respuesta ante la proximidad y la pérdida. Esas modificaciones no son registros pasivos de experiencias pasadas: son reorganizaciones activas del proceso que sostiene la forma, ajustes que el organismo realizó para seguir siendo viable en las condiciones que enfrentaba y que ahora pesan sobre las posibilidades de proceso que desde aquí se abren.
Denis Noble31 extendió ese argumento desde la biología de sistemas: los genes no son el nivel causal privilegiado del organismo sino uno de los muchos niveles que se co-regulan mutuamente. La actividad génica depende del estado celular, el estado celular depende del estado tisular, el estado tisular depende del estado del organismo, y el estado del organismo depende del entorno — y esa cadena de dependencias opera en todas las direcciones simultáneamente, con causalidad circular y multinivel que ningún componente aislado controla. El organismo no es la suma de sus genes y las instrucciones del ambiente: es el proceso de esa regulación mutua, el devenir que emerge de la interacción entre niveles que se co-determinan sin que ninguno de ellos sea el nivel desde el que los demás se derivan. Claude Bernard32 había visto la misma estructura un siglo antes, desde la fisiología experimental: el organismo crea y mantiene activamente el entorno interno que necesita para existir, y el límite entre ambos no es una frontera pasiva sino el resultado continuo de esa actividad. El organismo no habita un entorno: produce las condiciones de su propia habitabilidad, y esa producción es el proceso que lo define.
La historia no es algo que le ocurrió al organismo: es parte constitutiva de lo que el organismo es en cada momento. La estructura que tiene ahora es el sedimento de los procesos que ha sostenido hasta ahora, y ese sedimento determina qué valles del paisaje son más accesibles, qué perturbaciones pueden ser asimiladas y cuáles desbordan la capacidad de respuesta, qué formas de devenir están disponibles y cuáles se han vuelto inaccesibles. El organismo vivo es en cada instante la estabilización actual de un devenir que comenzó antes de que ese organismo existiera y que continuará después de que se disuelva: una configuración que el proceso produce, sostiene mientras puede, y transforma cuando las condiciones lo exigen o lo permiten.
VI — Psiquiatría y psicología
La psiquiatría y la psicología construyeron sus modelos centrales entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, en el mismo período en que la física clásica cedía terreno a la mecánica cuántica y la biología comenzaba a descubrir que la forma emerge del proceso. El pensamiento sobre la psique humana permaneció durante décadas anclado en una ontología de estructuras, instancias y estados — un vocabulario que capturaba algo real pero que lo capturaba como si fuera sustancia cuando era proceso. Visto desde hoy, varios autores centrales de esa tradición tuvieron la intuición del devenir y hallaron en su propio instrumental conceptual los límites de esa formalización.
Sigmund Freud33 fue quien llevó con mayor sistematicidad la idea de que lo que determina la vida psíquica es la historia que produjo el estado presente. El síntoma es la estabilización de algo que ocurrió antes — la forma que el proceso tomó cuando las condiciones lo exigían y que persiste aunque las condiciones hayan cambiado. La pulsión — Trieb — es una presión continua, un proceso que no reposa y que busca satisfacción sin encontrarla nunca de manera definitiva. El aparato psíquico es en todo momento el sedimento de sus propias experiencias: lo que el sujeto es ahora es inseparable de lo que el proceso ha tenido que hacer hasta ahora para continuar. Esa intuición es ontología del proceso en estado puro. El instrumento conceptual disponible era, en cambio, el de la física del siglo XIX: energías que se acumulan en estructuras que las contienen y que se descargan cuando la presión supera el umbral. La metáfora era hidráulica — sustancias que fluyen entre recipientes — y esa metáfora impuso su lógica sobre la intuición: el inconsciente se volvió un lugar, la represión se volvió una fuerza que empuja contenidos de un compartimento a otro, el yo se volvió una instancia con fronteras. La intuición del proceso quedó formalizada con el vocabulario de la sustancia, y esa tensión nunca se resolvió en la obra de Freud.
Carl Gustav Jung34 llevó esa tensión hasta su punto más visible: desarrolló simultáneamente dos ideas que pertenecen a ontologías opuestas. La individuación — el proceso de llegar a ser lo que uno es, un devenir que se despliega a lo largo de toda la vida sin estado final predefinido — es ontología del proceso llevada al desarrollo psíquico: la psique se produce en el transcurso de su propia historia, deviene lo que deviene a través de lo que atraviesa. El inconsciente colectivo, en cambio, descansa sobre una ontología radicalmente diferente: los arquetipos son estructuras universales y eternas que preexisten al individuo y que el proceso individual simplemente actualiza, formas que el devenir reconoce pero que el devenir no produce. Las dos ideas coexisten en Jung sin resolución, y esa coexistencia señala algo que él sintió sin poder articular del todo: la decisión ontológica entre ser y devenir tiene consecuencias clínicas concretas e irreducibles. Si el inconsciente colectivo es estructura fija, la clínica es reconocimiento de arquetipos que ya estaban; si la psique es proceso de individuación, la clínica es acompañamiento de un devenir cuyo destino está abierto.
Jean Piaget35 encontró en el desarrollo cognitivo la misma dinámica que Turing,23 Gierer-Meinhardt24 y Waddington19 habían encontrado en la morfogénesis y el desarrollo embrionario. El niño construye el mundo a través de la interacción entre sus esquemas actuales y las perturbaciones que el entorno produce: la asimilación incorpora lo nuevo a los esquemas disponibles, la acomodación modifica los esquemas cuando la perturbación los desborda. El conocimiento es el proceso, y el proceso modifica continuamente las condiciones de su propio avance — los esquemas que el proceso produce son las condiciones del proceso siguiente, el paisaje cambia con el recorrido. La inteligencia deviene en el acto de construir la relación con el mundo, y esa construcción nunca termina porque el mundo que el proceso produce siempre supera los esquemas con los que lo construyó.
Winnicott36 vio que el proceso de constitución del self ocurre en el espacio entre el niño y quien lo sostiene. El self que emerge lleva inscrita la historia de cómo ese espacio fue sostenido o falló. La patología es una configuración que el proceso adoptó cuando el entorno no pudo sostener su despliegue: una estabilización que fue la respuesta viable en ese momento y que persiste como la única forma disponible cuando las condiciones de sostén fueron insuficientes.
Sullivan37 radicalizó esa misma intuición desde la psiquiatría interpersonal: la personalidad es un patrón recurrente que emerge en la interacción con otros y que solo puede ser observado y comprendido en ese contexto relacional. El carácter, los rasgos, las disposiciones son regularidades del proceso interaccional, formas que el devenir toma en ciertos contextos relacionales y que se reorganizan cuando esos contextos cambian. El proceso psíquico es desde el principio un proceso entre — entre organismos, entre historias, entre devenires que se modifican mutuamente — y la unidad de análisis que toma al individuo aislado pierde exactamente lo que necesita ver.
Binswanger38 y Minkowski39 llegaron desde la psiquiatría fenomenológica a la dimensión que todas las aproximaciones anteriores habían rozado sin nombrar de frente: la temporalidad como estructura constitutiva de la experiencia psíquica. Binswanger mostró que las distintas formas de psicopatología son ante todo modificaciones de la estructura temporal de la existencia — la melancolía es el tiempo detenido, la manía es el tiempo acelerado hasta perder continuidad, la esquizofrenia es la fragmentación de la temporalidad que hace posible que la experiencia tenga coherencia narrativa. Minkowski describió el élan vital — el impulso hacia el futuro — como la dimensión constitutiva de la experiencia sana, y su pérdida como el núcleo de la experiencia esquizofrénica: la incapacidad de habitar el tiempo como proceso abierto hacia lo que viene, el colapso del devenir en un presente sin horizonte. La patología desde esa lectura es una patología del devenir antes que una patología del estado: una alteración de la forma en que el proceso temporal se despliega, se detiene, se fragmenta o se cierra sobre sí mismo.
Lo que estos autores comparten a través de marcos conceptuales tan distintos es el reconocimiento de que la vida psíquica es proceso antes que estructura, historia antes que estado, devenir antes que ser. Freud quedó atrapado en la metáfora hidráulica, Jung en la tensión irresuelta entre individuación y arquetipo, Piaget en el individuo epistémico sin historia relacional ni anclaje corporal, Winnicott y Sullivan en descripciones clínicas de alta penetración sin formalización matemática, Binswanger y Minkowski en una fenomenología que describía con exactitud lo que no podía medir. La intuición estuvo presente desde el principio. El instrumento para formalizarla llegó después.
Syntropía
La misma estructura ontológica atraviesa todos los niveles que este texto ha recorrido: las partículas son excitaciones transitorias de campo, los átomos son estabilizaciones de esas excitaciones bajo condiciones que pueden cambiar, los organismos son procesos de mantenimiento activo de ciertas configuraciones contra la tendencia al desequilibrio, los linajes son exploraciones de un espacio de formas posibles cuya geometría el devenir no elige sino que encuentra. En cada escala, lo que existe es el proceso. Lo que llamamos cosas son los cortes que la percepción hace en ese proceso para poder nombrarlo, y esos cortes son reales — tan reales como el río que Heráclito nombró — pero el proceso que los produce no se detiene cuando los nombramos.
Una persona en dificultad es también un proceso: el devenir de este organismo singular, en este entorno, con esta historia acumulada de lo que tuvo que hacer para seguir siendo viable. Lo que llamamos patología es una configuración que ese proceso sostiene — un valle del paisaje desde el que el proceso no puede salir por sus propios medios, o una forma de devenir que exige un costo que el organismo ya no puede pagar, o una estabilización que cerró el acceso a posibilidades que antes estaban abiertas. Esta ontología no pregunta qué tiene esta persona: pregunta qué deviene, desde dónde deviene, y qué geometría tiene el paisaje desde el que deviene. Esa es una pregunta diferente, con consecuencias diferentes sobre dónde y cómo intervenir.
Syntropía es el intento de formalizar esa pregunta con el rigor que merece. La trayectoria personal como objeto del modelo — el devenir singular de esta persona, en este cuerpo, con esta historia — no es una metáfora clínica sino una descripción técnica del mismo proceso que el vacío cuántico, las estrellas, los embriones y los organismos producen desde el principio. Las tradiciones más antiguas lo nombraron como verbo. La física contemporánea lo encontró debajo del espacio-tiempo. La biología lo vio emerger de la dinámica antes que de la instrucción. La psiquiatría lo intuyó en la pulsión, en la individuación, en el espacio potencial, en la temporalidad rota. Syntropía lo mide, lo articula y lo transforma.
Referencias